La semana que pasó llegó el 11 de Septiembre. Para mí, no es el Día del Maestro, por cierto fecha muy honorable, ni el nefasto ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, que inició otra Guerra de Treinta Años, aún en curso. El 11 de Septiembre en mi calendario personal me lleva a Chile en 1973, y es el golpe de Estado contra el Presidente Allende. Voy a escribir sobre eso.

 

Salvador Allende habla a la multitud

 

Con mi familia vivíamos en Santiago de Chile, donde mi padre era funcionario internacional de la Comisión Económica para América Latina. Era la CEPAL de la gran época, marcada por la impronta de Raúl Prebisch, donde abundaban inteligencias y talentos de todo el continente. El Secretario Ejecutivo era el uruguayo Enrique Iglesias, luego histórico Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.

Una lista no exhaustiva de algunos nombres dirá que estaban los chilenos Pedro Vuscovic, Jacques Chonchol, Carlos Matus, Gonzalo Martner (que introdujo el presupuesto por programas), Julio Melnick, José Ibarra, y sobre todo Aníbal Pinto (uno de los más talentosos economistas latinoamericanos y teórico de la heterogeneidad estructural, además de haber sido relator deportivo y cantar tangos y fox). El argentino Manuel Balboa había elaborado las primeras cuentas nacionales durante el gobierno de Perón, Norberto Gonzalez sería más tarde Secretario de la CEPAL. En FLACSO de Chile estaban Arturo O’Connell y Roberto Frenkel. Como siempre, brillaba el scratch brasileño: Celso Furtado, Fernando Henrique Cardoso, José Serra, María Conceicao Tavares, Luiz Alberto de Souza, Francisco Whitaker Ferreira. También estaban Regino Boti, el primer ministro de economía de Cuba después de la Revolución y el venezolano José Antonio Mayobre.

 

La sede la CEPAL en Santiago, Avenida Dag Hammarskjöld.

 

Para ese tiempo yo tenía seis años y medio. En el extranjero, el natural instinto gregario argentino hacía que las familias Alvarez, Hopenhayn, Cibotti y Calcagno tuvieran reuniones periódicas, donde los padres pasaban a ser tíos, y sus hijos, mis amigas y amigos (ahora que crecimos, nos vemos muy poco, pero esa familia grande sigue allí). Eran el tío Osvaldo, la tía Nelly, el tío Benjamín, la tía Eva, el tío Ricardo y la Tía Kitty. Los primeros recuerdos están marcados por los cumpleaños de cada cual, y por las cenas en casa donde dormitaba en un sillón, mientras escuchaba la charla de sobremesa. Creo que fue la mejor introducción pediátrica a la política. Tenía un perro: Mateo II.

 

Cumpleaños. Eramos tan… niños.

 

Salvador Allende Gossens era Presidente de Chile desde 1970. Sacó un punto y medio más de votos que Jorge Alessandri Rodríguez, conservador, y ocho puntos más que Tomic, de la Democracia Cristiana. Como nadie había sacado la mayoría, fue el Congreso pleno de Chile que eligió a Allende por 153 votos a 35. Así, la Unidad Popular empezó “la vía pacífica al socialismo”. Al mismo momento empezó la desestabilización.

 

Salvador Allende Gossens. Atrás, saluda O’Higgins.

 

Como el Comandante en Jefe del Ejército de Chile, General René Schneider, declaró con firmeza que el respeto a la Constitución, a las instituciones democráticas y al resultado de las elecciones caracterizaban a las fuerzas armadas chilenas, fue asesinado por un comando de extrema derecha. Le sucedió el General Carlos Prats, que compartía “la Doctrina Schneider” y siempre fue leal al Presidente electo.

 

Los Generales constitucionalistas Prats y Schneider

 

Como uno de los problemas clásicos que tienen los gobiernos populares en América Latina es que muchas veces carecen de cuadros de conducción consistentes, Salvador Allende encontró en la CEPAL un fecundo semillero de ministros. Vuskovic Ministro de Economía, Ibarra vice-ministro, Chonchol en Agricultura, Martner en Planificación  y Concha en Salud.

Para mí, fue una época de ir a las manifestaciones, a las marchas, siempre en familia. No recuerdo haber tenido miedo de la multitud. A  veces mi padre o mi hermano me subían a sus hombros para poder ver al orador.

 

Telefónicos, municipales y mujeres con Allende.

 

No por ello descuidaba mis deberes de niño. Nada más serio que un niño, una niña, que juega. El juego, siempre, es un asunto serio. La televisión chilena pasaba una hora de dibujos animados por día, que miraba religiosamente, sin moverme. El Coyote era mi favorito: jamás atrapaba al Correcaminos. Sin saberlo, ahí está la necesidad de perseverar (aún a costa de caerse de un  acantilado, con una nubecita al final). Pero mi favorito era el Zorro, tanto que reclamé un disfraz y un sable de plástico. Si no, que lo diga Joan Garcés, entonces amigo y consejero de Allende, que venía a almorzar todos los viernes a mi casa, y que una vez se topó con ese Don Diego de la Vega de seis años que logró atarlo a un árbol.

Un Zorro de seis años

De esos días de la infancia en Chile recuerdo la cordillera, cuyas cimas recortaban perfectas sobre un cielo azul infinito. Y más allá estaba Mendoza, la Argentina, y allí mismo la ciudad de La Plata. Imposible de olvidar, por cierto, ir a la playa chilena. ESO es agua fría. Y sin embargo podía más el entusiasmo de las olas, por primera vez registradas en la memoria, que la temperatura bajísima que la corriente de Humboldt trae a las costas chilenas desde la Antártida misma. Luego aprendí que después de bañarse en el Pacífico, Mar del Plata es el Caribe. Ah, también había temblores y algún que otro terremoto, y fuera de día o de noche había que correr para ponerse abajo del dintel de la puerta de entrada. La naturaleza desatada, los muebles que se mueven, las lámparas que balancean, el piso que se escapa. Entonces, quizás curiosidad antes que pavor.

 

Cordillera de los Andes, vista actual desde Santiago

 

Pero el verdadero terremoto estaba por venir. La famosa “teoría de los dominós” que proclamó el Presidente norteamericano Einsewoher, sostenía que ningún país debía adoptar otra política que la determinada por Estados Unidos, de lo contrario muchos más caerían, cayendo como piezas de dominó. Por cierto, así lo hizo con el golpe de estado contra la Guatemala de Arévalo y Arbenz, en 1954.

Ahora los ejecutores no carecían de maestría: el Presidente de Estados Unidos era Nixon, y nada menos que Henry Kissinger su ministro de Relaciones Exteriores. Según palabras del propio Kissinger, había que “hacer chillar a la economía chilena”. Fondeados por la célebre CIA, por las compañías mineras norteamericanas (afectadas por la nacionalización del cobre que realzó Allende), apoyadas por la ITT (International Thelephone and Telegraph), amplificados por el diario “El Mercurio”, apoyados en los sectores pudientes de la sociedad y con potentes lock-outs patronales, el gobierno de la Unidad Popular estaba en una situación crítica.

 

Allende orador. Dicen que el lenguaje es la casa del ser.

 

El 29 de junio de 1973 hubo un alzamiento militar contra Allende, el “tancazo”, que fue sofocado. La crisis terminal levantaba el telón. Ese día me vinieron a buscar temprano a la escuela. Nos habían puesto a todos los alumnos en un lugar vidriado, donde los padres entraban a buscar a los hijos.

Allende –le decían El Chicho- me caía bien. Con cara de médico bueno, anteojos espesos -los que se usaban en esa época- y a veces habíamos pasado frente a su casa, común y corriente, en la calle Tomás Moro (el Santo Patrono de los políticos…), y lo que escuchaba era que defendía a los pobres y a su país. Así es que una noche, en que mis padres debían concurrir a una recepción donde estaría el Presidente, hice dos dibujos: mi casa, con las banderas de Chile y Argentina en el techo, y al propio Allende, en su auto presidencial, con la leyenda “Vivan Chile y Argentina”. Parece que el Chicho sonrió, se quedó con los dibujos, y lo más importante, les dijo a mis padres que me invitaba a almorzar a la Moneda.

 

¡Invitado a almorzar en La Moneda!

 

Del 11 de Septiembre de 1973 nada vale relatar que no se haya dicho ya. Sostienen mis padres que yo estaba agarrando un reloj de los antiguos, redondo con grandes agujas, gritando que a las once bombardeaban el Palacio de la Moneda. Por primera (y, hélas, no única vez) veía tanques en las calles, camiones con soldados. Escuchaba tiros, por primera, y hélas, no única vez. El General Prats había tenido que renunciar unas semanas antes, reemplazado por Pinochet. Consumada la traición, comenzaba la represión.

 

A las once de la mañana

 

El ejército chileno carecía de experiencia en golpes de Estado. Pese a la asesoría extranjera, todavía quedaban algunos resquicios donde, en los primeros momentos, es posible actuar: cuidado de las fronteras, aislamiento de las embajadas. Tuvieron, eso sí, la precaución de tomar el Estadio Nacional de Chile como epicentro de la represión. Tengo entendido que más tarde, San Lorenzo de Almagro tenía que jugar en
Santiago, y que los jugadores no quisieron ir, aduciendo que esperaban a que se seque la sangre.

 

Estadio Nacional de Chile…

 

Como en una novela de Graham Greene, quienes menos podían quedar involucrados, de repente se metieron. Con la expertise que les daba conocer la técnica de los golpes de Estado que habían sufrido en sus países, así como un apego irracional a sus convicciones, algunos funcionarios internacionales de la CEPAL montaron una… un… bueno, la cosa es que tres funcionarios, de fino pasaporte azul de Naciones Unidas (llamado Laissez- Passer), dos argentinos y un brasileño, se dedicaron a meter gente en embajadas. Uno de ellos es mi padre.

 

El pasaporte de Naciones Unidas

 

En ese momento vivíamos en la calle Las Ñipas. De un día para otro, esa casa recibió a muchas personas. Recuerdo que cada vez que una de esas personas entraba o salía, a mí me ponían de espaldas a la puerta, para que no pudiese reconocerlas, en caso de mal mayor. El gobierno ilegal decretó que todas las casas debían ondear la bandera chilena, en signo de aprobación al golpe. Contra toda lógica, y después de una reunión familiar donde participé, no pusimos la bandera, cuando todo el coqueto barrio se embanderó.

Yo solía salir al lavadero, que estaba al aire libre. Y sentado sobre el lavarropas cantaba canciones de la Unidad Popular mientras veía aviones militares en el cielo. “La derecha tiene dos ollitas / una grandecita y la otra chiquitita / la chiquitita se l’acaba de comprar / y esa la usa tan sólo pa’ golpear / Esa vieja fea / guatona golosa / como la golpea / vieja sediciosa”… Con rapidez y sapiencia, mis padres pusieron fin a esa inútil provocación.

El brasileño arreglaba las entregas: llamaba a la embajada elegida, convenía un horario, las condiciones de asilo. Los dos argentinos manejaban los autos, buscaban a las personas y las llevaban. Una vez, eligieron una embajada en un callejón, donde la policía de Pinochet tenía que caminar hasta la esquina para hacer el relevo. Ese era el momento de salvar a alguien. Una vez, llamó el brasileño para preguntar “si podían llevarle los cuadros al Señor Embajador”, tal lo convenido. El mayordomo chileno le contestó “Si, pero apúrense que los pacos (carabineros) están llegando a la esquina”.

Otra vez, en el momento de refugiar una persona en una Embajada, vieron que había otro auto con patente de Naciones Unidas. Era un funcionario paraguayo, que estaba en la misma tarea. Los colegas sorprendidos se miraron, sonrieron, y se fueron cada cual por su lado. Quizás la espontaneidad de la resistencia, así como su capilaridad, contribuyeron a que la ayuda fuera eficaz, al menos en los primeros días después del golpe.

Pedro Vuskovic era uno de los más buscados. Mi padre lo fue a buscar a un descampado, en las afueras de Santiago, cerca de Pudahuel. Estaba en una tapera, con dos guardaespaldas. Pedro había tratado de disimular su identidad, y le pregunto a mi padre que semblante tenía, que podría parecer en caso de un retén. “Un sospechoso”, le contestó mi padre, y subieron al auto. Mi padre también le preguntó a los guardaespaldas si pensaban repeler un ataque, y contestaron que no.

 

Pedro Vuscovic, Ministro de Economía de Allende 1970-72

En la avenida Apoquindo, en esa época, no había nada. El auto con patente diplomática, el Ministro de Allende y sus dos guardaespaldas encuentran un convoy militar que viene en la mano contrario. ¿Dar la vuelta? La mejor manera de denunciarse. Así que seguir, como si tal cosa. Y siguieron. Doblaron por Américo Vespucio.

Al llegar a la Embajada de México, estaban los carabineros en la puerta. Afuera, el agregado militar de México y su asistente, armados. Sale mi padre, el oficial mexicano le dijo “quedamos que era uno”; “bueno son tres” dice mi padre, como disculpándose y poniendo, sin duda, la cara de argentino cuando estamos en un brete. El mexicano carga el arma, su asistente igual, se ubican uno de cada lado del grupo y entran los tres.

Algunas veces mi padre sacaba a relucir el azulino pasaporte de Naciones Unidas. Una vez retuvieron ese pasaporte, que era esencial para chapear. Hace un escándalo, le devuelven el pasaporte y se va. Por cierto, el Secretario Ejecutivo de la CEPAL en ese momento jamás hizo el menor ademán por reprender a sus subordinados de estas acciones, que más bien apañaba. Luego se dijo que él mismo tenía “gente” escondida en su casa.

Para mí era“el Angelito”. Argentino del conurbano, había integrado las “formaciones especiales” a fines de los sesenta. Pasó en 1972 a Chile, con su novia, haciéndose pasar por jipis desorientados y bobos, cuando atrás del aduanero estaba su foto, con otros, de los más buscados por la dictadura de Lanusse. “El Angelito” me embromaba, me decía “¡políglota!” como si fuera un insulto saber muchas lenguas, y yo me enojaba, mucho. Me decía que un ángel me iba a venir a joder de noche (nunca lo creí, pero los niños deben seguirle la corriente a los adultos de vez en cuando, es la base de nuestro poder).

 

“Angelito” con captura recomendada por Lanusse.

 

Después del golpe, al asunto era correr. El “Angelito” logró refugiarse en la Embajada de Bélgica. El embajador, demócrata cristiano, no quería recibir refugiados. El segundo, socialista, sí quería. Así que el socialista y el mayordomo de la embajada –chileno- tomaron el control junto con “el Angelito” y abrieron grande el portón.

En lo que respecta a la Argentina, diré sólo lo que sé, por tradición oral, en este caso. En esos tristes días, una chilena forcejeó con los carabineros a la entrada de nuestra Embajada, logró entrar y correr hacia adentro, y uno de los “pacos” entró atrás de ella. Un funcionario de carrera del Consulado, que estaba calzado, sacó el fierro y se le plantó al policía, “Estás en Argentina, un paso más y te quemo”. Así era la Argentina de Perón. La chilena estaba salvada.

“Cucho”, así lo llamaremos, logró rescatar del siniestro naufragio a Miria Contreras Bell, la secretaria privada del Presidente Allende, conocida también como “la Payita”. Así llegó a nuestra casa de la calle Las Ñipas. Manejaba, según me dijeron mucho después, un hijo de “Cucho” que no tenía edad para manejar. Mi familia me dice que era muy digna, no sé si yo también la vi, pero estoy seguro que el estilo es fundamental en las catástrofes, y parece que esa Dama lo tenía.

 

Miria Contreras Bell

El brasileño y mi padre llevaron a la Sra. Contreras Bell a la residencia del Embajador de Suecia, que no estaba vigilada. Tocaron el timbre, salió el Embajador y luego de conocer la identidad de la Compañera, le otorgó inmediatamente asilo político. El brasileño y mi padre subieron al auto, cerraron las puertas y se fueron.

A esa altura, no era posible seguir. El mismo auto, las mismas personas (¡irreductibles funcionarios onusianos!) los mismos procedimientos, los mejores resultados, no daban para más. Enrique Iglesias trasladó a mi padre a Buenos Aires, donde la CEPAL abrió oficinas para trabajar con el Gobierno Argentino en “el Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación Nacional”, con José Ber Gelbard y Orlando D’Adamo, bajo la conducción de Juan Domingo Perón. Yo salí de Chile el 5 de Octubre.

 

 

Diré, para terminar, que mi perro Mateo II murió, dado que los tiros y bombas no son buenos para los perros (hasta en eso son sabios), y Mateo salió corriendo, solo para encontrar una ráfaga de ametralladora de algún soldado nervioso, inexperto y golpista. Desde entonces no soporto la pirotecnia. El General Prats –una persona que honra la historia militar- escapó a Argentina, donde fue invitado por su colega, el General Perón. Fue asesinado en Buenos Aires por un agente de la CIA, en 1974.

 

El cuerpo del General Carlos Prats, héroe del Ejercito de Chile.

 

Para los peronistas, los acontecimientos de la caída de Allende no pueden dejarnos indiferentes. Con todas las diferencias políticas, económicas y sociales entre ambos países, con historias a la vez diferentes y semejantes, todo proyecto que construya justicia social es un proyecto nuestro. Sus amigos son nuestros amigos, sus adversarios son nuestros enemigos. Para muestra basta un botón, o un par de fotos.

 

La Casa Rosada el 16 de Junio de 1955

 

La Casa de la Moneda el 11 de Septiembre de 1973

 

Por cierto, Joan Garces estuvo hasta el final. En el momento supremo,  el propio Allende le dijo que escapara, para que pueda contar lo sucedido. Mucho tiempo después, Garces logró que Pinochet fuera detenido en el Reino Unido (1998). Al menos un tiempo, antes que Thatcher insistiera para liberar al golpista, con el acuerdo del gobierno de Blair.

 

Está todo dicho.

 

En mi caso, todavía tengo la invitación de Allende para almorzar con él en la Moneda. No faltará ocasión. Hasta siempre, Chicho, mi amigo de la infancia, Compañero Presidente.

 

 

“Su muerte fue una secreta
Victoria. Nadie se asombre
De que me dé envidia y pena
El destino de aquel hombre”.

Milonga del Muerto, Jorge Luis Borges