Cada vez que un ciclo neoliberal llega a su fin, aparece de nuevo el viejo anhelo del establishment local e internacional: dolarizar la Argentina. Ahora es un reciente editorial del Wall Street Journal que vuelve con ese proyecto. Veamos qué significa, quiénes ganan y quiénes perdemos.

 

La adoración del becerro de oro, tal cual la vió Cecil B. DeMille en 1956 en “Los Diez Mandamientos”.

 

¿Qué es la dolarización? Es el proceso por el cual un país, sin ser Estados Unidos, adopta al dólar como su moneda oficial. Así, el dólar sirve como unidad de cuenta, como medio de cambio y como reserva. En consecuencia, desaparece la moneda nacional: contabilizamos, compramos y ahorramos en dólares.

Digamos desde ya que las consecuencias son gravísimas. Significa renunciar a la soberanía nacional. Equivale en lo político a lo que en lo simbólico sería rechazar nuestra bandera y adoptar la de Estados Unidos; y en la práctica, viola la Constitución Nacional, que establece que “corresponde al Congreso (…) hacer sellar moneda, fijar su valor y el de las extranjeras” (artículo 75 inc. 11).

En lo económico implica dejar en manos extranjeras –que tienen intereses muchas veces opuestos a los nuestros- nada menos que la política monetaria. Los países sin moneda nacional se quedan sin un instrumento fundamental de política económica, en especial para manejar las crisis financieras y económicas; en esos casos, como se preservan las ganancias, no les queda más que “ajustes” sobre ocupación, salarios y jubilaciones.  Así les va.

Pero también hay ganadores.

La dolarización elimina el riesgo cambiario y cualquier tipo de control de cambios para los agentes que ya operan en dólares. Están las empresas que remiten al exterior los intereses y utilidades generadas en Argentina. Los importadores, los grupos financieros y parte de la población que tiene capacidad de ahorro en dólares (¿son el cinco por ciento? ¿Llegan acaso al diez por ciento?). Culmina el proceso de concentración y extranjerización de las empresas argentinas comenzado desde la dictadura.

Para los Estados Unidos es todo ganancia. Quien fuera secretario del Tesoro estadounidense, Lawrence H. Summers, señaló que “cuando adquieren dólares para usarlos en sus economías internas, los países dolarizados le están otorgando a EEUU un préstamo libre de intereses”.

Ahora, veamos los problemas.

El primer problema es que al adoptar el dólar como moneda, ya no se podrá ajustar el tipo de cambio para corregir desequilibrios en la balanza de pagos, y cualquier inercia inflacionaria o diferencial en la productividad nos condenará a la sobrevaluación cambiaria. Ese fue uno de los defectos insanables del régimen de convertibilidad en la Argentina (1991-2001), como así la causa mayor de la tragedia Griega: el euro sirve a las economías más industrializadas de los países más desarrollados de Europa, no a las economías más relegadas, como la griega. De este modo, la diferencia de productividades entre, digamos, Alemania y Grecia sólo pudo condenar a esta ultima al ajuste y a la recesión duraderas. ¿Qué pasará con las empresas nacionales que quedan, con todas las Pymes, con sus empresarios y trabajadores perdamos toda competitividad vía la dolarización?

Otro problema es la desaparición del prestamista en última instancia, función que es ejercida por el Banco Central. Al “enterrar” al peso, como propone el Wall Street Journal, ya no habrá capacidad de intervenir en caso de crisis financiera, ni de orientar una determinada política económica. Más aún, un déficit externo llevará de manera automática a una contracción monetaria y del crédito interno, lo que nos lleva a la depresión económica y a quiebras en cadena.

Parece poco probable, sino imposible, que la Reserva Federal de EEUU acepte ser el prestamista en última instancia de la Argentina: ya le dejó claro a Ecuador que no lo haría, cuando ese país adoptó la dolarización a principios de los años 2000. En ese caso, el escenario más probable en ese caso es la desaparición de la banca nacional, pública o privada.

En tercer lugar, la dolarización implica una unión monetaria, en este caso con los Estados Unidos, sin acuerdo político ni libre circulación de personas. Dolarizados, los argentinos aún tendrán que pedir visa, y en cada crisis será el conjunto de la población que asuma los costos, vía ajuste permanente.

También perdernos toda posibilidad de integración regional; perderemos el señoreaje, que el ingreso que recibe el estado por el privilegio de emitir moneda; habrá que usar reservas o endeudamiento para comprar el circulante… Como vemos, son las siete plagas de Egipto color verde dólar.

Desde el punto de vista político, no hablamos de perder sólo un símbolo, como fue la desaparición de los Próceres de los billetes gracias a Macri y Sturzenegger, sino de renunciar a la posibilidad de una política económica propia, y ponemos de manera directa las posibilidades de crecimiento en manos de otro país. La política monetaria de los EEUU será guiada por sus propios intereses nacionales, y no estará preocupada por la suerte de algún país dolarizado.

Existen algunos inconvenientes institucionales, que el Wall Steet Journal parece no tomar en cuenta. En efecto, para dolarizar habrá que reformar la Constitución Nacional como ya señalamos (artículo 75 incisos 6 y 11).

Ya en provisoria conclusión, vemos que la dolarización es el “último recurso del neoliberal” cuando aparece con claridad la inviabilidad política, social y económica del modelo de valorización financiera. Es el modo que le queda al establishment para cristalizar las relaciones de poder que le son favorables, y continuar con el saqueo financiero más allá de la voluntad popular.

Porque no parece factible llevar a cabo una dolarización de la economía con una degradación tal de la soberanía nacional y con una relación tan desproporcionada entre los beneficiarios y los perjudicados, habida cuenta que a veces los perjudicados votan a favor de sus intereses objetivos. No tienen ni por asomo el mismo poder concentrado que exhiben los beneficiarios de la dolarización, pero tienen la posibilidad de elegir un gobierno que no sacrifique a la Argentina en el altar del Divino Dios Dólar, y establezca una política económica justa, libre y soberana.