Así es como comienza el hambre
Primero te despiertas de buen humor
Entonces comienza la debilidad
Y luego el aburrimiento
Y entonces pierdes
El poder de razonar rápido
Y entonces viene la calma
Y luego el horror

Daniil Kharms

 

 

“Sin pan y sin trabajo”, de Ernesto de la Cárcova.

 

En el transcurso del día de hoy, 18 de septiembre, el Senado de la Nación tratará la ley de emergencia alimentaria, que extiende el plazo hasta diciembre de 2022 y además aumenta en un 50% “los créditos presupuestarios” asignados.
Con el diario de un lunes de 2567, si es que el género humano aún existe, algunos historiadores se preguntarán cómo podía haber hambre en la Argentina de 2019, con las infinitas riquezas naturales que tenía ese país por entonces.
En ese siglo XXI, dirán, abundaban las hambrunas en países devastados por guerras, o desfavorecidos por la naturaleza, o víctimas de terribles pestes. Nada de eso asolaba a nuestra Patria.

Encontrarán, sin duda, una secta de economistas llamados “neoliberales” que tenían por costumbre ser presentados como los más inteligentes, actuales y pertinentes. Estos eran tributarios, acaso sin saberlo, de pensadores muertos varios siglos antes.
En un desgraciado tramo de “la teoría de los sentimientos morales” (creo que era esa obra), Adam Smith sostenía que el estómago del Rey y el de un menesteroso tirado al borde del camino no diferían en mucho, ya que ninguno de los dos podían contener mas comida que la que el estomago aceptara.

Si bien ese error puede llegar a ser perdonable en una persona como Smith, que por demás iluminó esa ciencia social que es la economía, los sectarios del neoliberalismo tuvieron un ensañamiento particular con la Argentina, y con su pueblo.
Así, sostuvieron en el segundo decenio del siglo XXI que la pobreza era culpa de la pereza de los pobres, que no decidían ser empresarios de cerveza artesanal, o patrones de sí mismos en alguna aventura cuentapropista, como llevarle en media hora deliciosas hamburguesas a diferentes tipos de clientes más o menos pedantes. Digo, pudientes.

Sin considerar la historia, las relaciones de fuerza, el capital económico y el capital social (que juntos suman el capital político), el hambre como consecuencia de la pobreza sólo podía estar originada en las malas decisiones que toman los pobres. De hecho, cómo puede ser que los pobres no mandan sus hijos a Harvard? Si no tienen pan, que coman tortas, decía María Antonieta.

Para los estudiosos del siglo XXVI, estará claro que las emergencias sirven para las situaciones límite: las personas deben comer. No sólo por la satisfacción de un derecho humano básico, que hace a la civilización, sino porque un gobierno que no asegura ese derecho a la alimentación pierde, de a poco pero seguro, el acatamiento necesario de los gobernados. En cualquier parte y en cualquier época.
Desde ya, dijeron los estudiosos de 2567, lo mejor es el trabajo digno, el salario justo, la posibilidad de realizarse en una comunidad que se realiza. Es cuando alguien les acercó este documento:

 

FORJA, en los años 1930