Dejemos el extasis, la indiferencia o el desdén que puedan inspirar las manifestaciones cambiemitas, y detengamos un poco en el análisis.

La dimensión teórica del PRO siempre fue bastante limitada.

Alejados aquellos políticos que podían dar sustento a las argumentaciones, desde el 2015 dominó un compendio rápido de frases ancladas en manuales de autoayuda: “Si se puede”, “Vamos juntos”, “Juntos somos imparables” y otras menudencias. El manual de estilo de Cambiemos es un recetario de bajo marketing con alta aplicación de las últimas avances en materia de big data.

La microsegmentación permitió cumplir el viejo anhelo de Thatcher, cuando decía que la sociedad no existe, solo existen individuos. Llegar al smartphone de cada votante, según sus gustos y preferencias, con el mensaje apropiado en el momento justo. Apoteosis de Peña Braun y Durán Barba.

Funcionó tan bien, que no cambiaron de práctica cuando las consecuencias del macrigobierno comenzaron a despuntar. La “grieta” entre lo prometido, lo dicho y la realidad se concretó en las PASO. Frente a la inminencia del desenlace, el fin de un período presidencial demasiado parecido a una ronda de negocios financieros, empezaron a apelar a otros recursos, siempre extremos.

Así, “los pobres son pobres porque tienen miedo de ser ricos”, según afirmó Lilita Carrió en la concentración de Barracas de Belgrano, nada mas que ayer. Es muy grave, e inusitado en una persona culta como Carrió (qué te hicieron, Lilita, te parecés a Lombroso). Resume en diez palabras el concentrado de prejuicios que la imaginaria clase media-alta local tiene para los ciudadanos argentinos que no disfrutan el mismo pasar económico. Casi tan bueno como “achicar el Estado es agrandar la Nación”.

 

Marcha del “Sí se puede” en Barrancas de Belgrano, 28 de septiembre del 2019.

 

En efecto, la República que imagina Carrio es una República sin ciudadanos, solo algunos republicanos, que son los que corresponden. Los demás están en riesgo de peronismo. Entramos así en el universo del esencialismo. Ese esencialismo pretende usurpan el credo que tienen las religiones: los peronistas son malos, dicen, por lo tanto cualquier alternativa es la mejor. Queda la legitimidad, que es dada por quien habla, aunque es solo creída por los de su mismo grupo.

Los pobres son pobres porque no mandaron sus hijos a Harvard. No aprovechan las oportunidades. No abren cervecerías artesanales. Los pobres tienen miedo, no emprenden, mientras los ricos fugan valientemente los dólares de la deuda a sus estoicas off-shore. Los trabajadores son conservadores que pretenden defender sus derechos sociales; en cambio, los revolucionarios son los cambiemitas que transparentan y precarizan a todos los demás, por cierto nunca ellos.

El esencialismo lleva a la naturalización del hecho social, uno de los rasgos más característicos de la barbarie. Es el caso del llamado “darwinismo social”, que no entendió a Darwin ni tampoco a la sociedad, pero que es la piedra fundamental para que los pudientes sugieran que los pobres son por naturaleza pobres, y que en el fondo la pobreza es culpa de los mismos pobres.

 

Gillray y su particular version del gobierno cambiemita.

 

No intervienen ni la historia, ni las relaciones de fuerza, ni el capital económico, social, político que divide a esos estratos sociales. Si “los pobres tienen miedo a ser pobres”, ¿A qué le temerán los ricos? Quizás a que el próximo gobierno, peronista, se comporte como ellos. Sirva la frase atribuida a Sócrates, que dice que nadie es malo por naturaleza, sino por ignorancia. Lo vimos, ayer, Barrancas abajo.