En la historia política, muchas veces se llama primavera a un momento particular de la historia de un país o de un continente, cuando naciones sometidas y pueblos dominados sacuden sus cadenas. Hablaremos de dos “primaveras de los pueblos”: la que sucedió en Europa en 1848 y la que vivió Sudamérica en los primeros lustros del siglo XXI.

Desde la derrota de Napoleón en Waterloo, en 1815, los reyes europeos restablecieron el absolutismo monárquico. Esa época, llamada restauración, pretendía volver al “antiguo régimen”, como si nada hubiese pasado, ni la Revolución Francesa, ni el Imperio Napoléonico, ni el Código Civil ni el Código Penal.


El Congreso de Viena. Muy PRO.

Las principales naciones europeas contenían diversos pueblos. El Imperio Austriaco tenía húngaros, checos, serbios, italianos, entre otros. Esas nacionalidades estaban oprimidas. Prusia y Rusia se dividían Polonia. Existía el “principio de ingerencia”: en caso de una rebelión, las demás coronas invadirían el país díscolo para restablecer el orden establecido. Lo hicieron es España en 1823.

Pero todo empezó en París, como siempre.


La Libertad guiando al Pueblo, de Delacroix.

A fines de febrero de 1848, el Rey Luis Felipe fue derrocado por una revolución popular. Con la proclamación de la segunda República Francesa, Europa conoce “la primavera de los pueblos”: en marzo la rebelión estalla en Viena, Praga y Budapest; los pueblos de Nápoles, Sicilia, Milan, Roma llaman a la unidad italiana; los alemanes también quieren unidad y constitución, que es lo que pide el parlamento popular reunido en Frankfurt.


Barricada en Viena, 1848.

Las insurrecciones son urbanas. Frente a la tropa leal a los reyes, surgen barricadas, donde se pelea en familia, juntos los obreros y los pequeños burgueses, los militantes y las mujeres. En algunos casos, por un tiempo, las compañeras conseguirán el voto femenino. Hasta la pacifica Suiza tiene su guerra civil, donde los liberales derrotan a los conservadores.

Pero, como siempre, Suiza sería una excepción.

En pocos meses, las rebeliones populares fueron reprimidas en la sangre. Sus líderes fueron asesinados o se exiliaron, como Garibaldi. Los ideales de sufragio universal, incluso femenino, de unidad nacional, de Constituciones quedarían para otro momento. A la “primavera de los pueblos” sucedió un largo y conflictivo invierno político.


La represión en 1848.

Por nuestros pagos, en Sudamérica, el siglo XXI vió llegar al poder, siempre por elecciones, a un conjunto de dirigentes diferentes. Chavez en Venezuela en 1999, Lula y Dilma en Brasil desde el 2002, Néstor y Cristina en Argentina desde el 2003, Tabaré y Mujica desde el 2005 en Uruguay, Bachelet en Chile y Evo en Bolivia en el 2006, Lugo en Paraguay en 2008. Por citar ejemplos. Los Presidentes se parecían a sus pueblos. Primavera.

Cada uno con su perspectiva, en su contexto nacional, definieron políticas autónomas. En la Cumbre de Mar del Plata, en 2005, estos países y esos dirigentes se opusieron al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), el proyecto de Estados Unidos y de Canadá, que hubiera condicionado la instrumentación de políticas nacionales soberanas.


Los tres mosqueteros.

Durante sus mandatos, se redujeron las diferencias sociales, aumentó el empleo, la creación de riqueza y se avanzó decididamente con una agenda de género. A punto tal que algunos consideraron que los cambios eran irreversibles. Lo cual fue un hermoso y trágico error.

Ya sea con intervenciones solapadas, a través de juicios desquiciados como el de Lula, por resultados electorales o por desmanejo del poder, la mayoría de esos países volvió a caer en una restauración neoliberal. Con los resultados catastróficos que tenemos a la vista. También esta “primavera de los pueblos” había concluido.

 

Es una fatalidad?

Claro que no. En la Argentina de 2019, el peronismo, como siempre…