Inviolabilidad de la correspondencia, inviolabilidad del domicilio, libertad de prensa, igualdad frente al impuesto, igualdad frente a la ley… Sobre esos cinco pilares –entre otros- se desarrolló a finales del siglo XVIII y gran parte del siglo XIX lo que sería la ideología hegemónica en las potencias dominantes y que se conoció como liberalismo.

El liberalismo se define en oposición al absolutismo, y aparece al mundo luego de varios siglos de gestación, a través de la lenta formación y desarrollo de la burguesía, cuando sus necesidades económicas, sociales y culturales ya no podían soportar el marco estricto impuestos por lo que quedaba del orden feudal. La guerra de independencia norteamericana, y Revolución Francesa marcan ese momento en el cual fenece el derecho divino y surge el derecho del capital.

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“Redada en los talleres de la libertad de prensa”, J.J. Grandville, circa 1835

 

Los usos y abusos del absolutismo debían ser desterrados: la correspondencia como el domicilio, inviolables para proteger la privacidad de las personas; la libre expresión de las ideas lograba concretar análisis que rindieran cuenta de los acontecimientos, propagar el conocimiento e incitar a la acción; había que terminar con las clases ociosas, esos nobles y ese clero que no pagaba impuestos y vivía del resto del cuerpo social, al que se diferenciaba, también, en el trato judicial, el acceso al poder –por nacimiento y no por mérito- y en la propiedad de la tierra.

El Abate Sieyes lo expresó en un panfleto: “¿Qué es el tercer estado? Todo. ¿Que es realmente?: nada. ¿Qué busca?: ser algo”. Tiempos de cambio, tiempos violentos. Esa fue la lucha del liberalismo, plasmada en los primeros artículos de la declaración francesa de los derechos del hombre de 1789: “todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos” tanto como “la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión” como derechos naturales marcan el fin de una época y el inicio de otra.

Que ha terminado en estos tiempos.

En efecto, ¿quién puede pensar que la correspondencia es inviolable en tiempo de hackeo permanente de correos electrónicos? ¿Qué domicilio es inviolable, hoy, no ya sólo a los ojos de la justicia sino a los ojos sin más de los medios? El big data ha llegado para que todo lo privado pueda ser informado, en tiempo y forma. Hace tiempo que la libertad de prensa es la expresión de algunos oligopolios que determinan qué, cómo, cuándo y porqué de más o menos todo, donde se repiten los mismos lugares comunes (como decir que la expresión de la libertad es el liberalismo), hasta la creación de un sólido sentido común. La igualdad frente al impuesto desaparece con el surgimiento de los paraísos fiscales, guaridas de impuestos evadidos –entre otros crímenes. La igualdad ante la ley se desvanece en las prorrogas de jurisdicción, donde países y empresas evaden las leyes locales, para poner sólo un ejemplo y no caer en un anecdotario triste.

Libertad, propiedad, seguridad existen para quien pueda pagarlos, como la educación, la salud, la vivienda. Lo que era derecho pasa a privilegio, y la utopía meritocrática de ese liberalismo conquistador de hace dos siglos pasa hoy por nacer en la cuna adecuada, con la herencia precisa, y el capital social correspondiente. Extraño giro de la historia, donde volvemos de pleno a la sociedad estamental, y aparece como idea dominante la del liberalismo realmente existente, que es neoconservadurismo sin más. Allí donde había evolución hoy hay naturalización del hecho social, desconocimiento de la política, ignorancia de la historia. Imposición de un consenso… nada de grieta, cero discusiones.

En síntesis, el pensamiento dominante a nivel global y sus socios locales hablan del liberalismo exaltado lo que había de exaltante en esa poderosa corriente de opinión hace dos siglos. Pero ese liberalismo ha muerto. Es una pésima noticia. Por suerte, frente al elitismo neoconservador nos queda el populismo político, que por aquí llamamos peronismo.