Con el probable triunfo de los Fernández el 27 de octubre que viene, el peronismo volverá al poder. Es cuando resurgen las ideas de instaurar en la Argentina el llamado “voto calificado”, para ignorar el veredicto del sufragio universal. Sus partidarios ignoran que fue practicado con mucha frecuencia en la Argentina, siempre con efectos desastrosos.

En efecto, la idea de alejar el pueblo del gobierno es tan vieja como nuestra propia historia. Manuel José García (gracias a quien perdimos la Banda Oriental años más tarde), escribe a Lord Strangford en 1815 que “el gobierno más tiránico mantendrá mejor esperanza de prosperidad que la desordenada voluntad del populacho”.

 

La Constitución de 1819.

 

En ese espíritu es redactada una primer Constitución en 1819, que establece que “la soberanía reside en la Nación y no en el pueblo”, al tiempo que establece una representación corporativa.

En lo político, Artigas contesta que “los más infelices serán los más privilegiados”. En lo jurídico, Estanislao López redacta una Constitución para la Provincia de Santa Fé, donde establece que “uno de los actos más esenciales de la libertad del hombre es el nombramiento de su caudillo”. En lo práctico, el pueblo federal establece el sistema democrático para la Argentina en la batalla de Cepeda (1820), donde quedan derrotados los principios oligárquicos, por un tiempo, y la ilusión de restauración monárquica, por siempre.

 

Cepeda. A veces hay que pelear.

 

No es la idea de estas líneas hacer la genealogía de las luchas nacionales por el sufragio universal, primero masculino gracias a Yrigoyen, luego femenino gracias a los Perón, sino de marcar cómo la necesidad del estabishment local fue impedir que los pobres, siempre llamados “vagos” (¡desde Rivadavia!), pudiesen acceder a sus derechos y obligaciones. Como el voto.

 

Radicales en 1916.

 

Así es como conocimos en el siglo XX dos episodios (no excluyentes) de “voto calificado”. El primero fue durante la “década infame”, de 1930 hasta 1943. El golpe de la oligarquía contra Yrigoyen estableció el “fraude patriótico”, que impedía que la “chusma” radical volviese al poder. Cada elección era una farsa. Elegante, pero farsa.

 

Peronistas en 1946.

 

El otro lapso de voto calificado va del golpe de 1955 hasta las elecciones de 1973, donde los peronistas no podían presentarse a elecciones, ya que estábamos proscriptos. Por cierto, hubo notales presidentes, como Frondizi o Illía. Electos por elecciones donde la mayoría no podía expresarse, fueron derrocados por la misma oligarquía que no aceptaba más que los propios caprichos. ¿Los dioses tienen sed?

Así es que cuando surge la peregrina idea del voto calificado, podemos aseverar con verdad que este ya se ha practicado. Puede ser sofisticado presentar el tema, sin la profundidad con la que Montesquieu expuso, en el “Espíritu de las Leyes” (1748) que en los regímenes democráticos, donde el pueblo es soberano, lo esencial es el modo en que son electos los representantes. Hay que definir “quién puede votar qué cosa, y cuándo”.

 

Por un momento, pensemos que el voto calificado está bien. Concluyamos, por un momento, que no todos pueden votar. ¿A quién se lo prohibimos? ¿A las mujeres? ¿A las madres que reciben la AUH? ¿A los pibxs que recibieron computadoras en el anterior gobierno? ¿A los que pudieron jubilarse con la mínima por una vida de trabajo que su empleador negreó? ¿A los choriplaneros? ¿A todos los peronistas?

 

 

¿O les vamos a prohibir el voto a aquellos que tienen off-shores donde guardan el dinero mal habido? ¿A aquellos que financiaron y financian, la fuga de capitales privada a través del endeudamiento externo público? ¿A los enriquecidos durante la dictadura? ¿A los que colaboran en los juicios buitres contra la Argentina? ¿A los grandes evasores que estafan al Estado? ¿A los que dolarizan tarifas de servicios públicos? ¿A los que usan el poder del Estado para engrandecer sus negocios vía concesiones turbias y licitaciones /*truchas? ¿A los que desconocen nuestra Soberanía, pagada con sangre, sobre las Islas Malvinas?

En resumidas cuentas, el “voto calificado” solo (des)califica a los que lo proponen. Ese calificativo es, generosamente: ignorantes. El peronismo no le va a negar el voto a nadie. No figura en nuestra historia, que heredamos de los civilizados y democráticos caudillos federales. No figura en nuestra practica. No nos comemos a los caníbales: se dice que tienen un horrible sabor a gorila.

No quisiéramos, por nada en el mundo, que alguien no pueda votar, aunque salga del colegio Cardinal Newman (en el fondo, los compadecemos), ni aunque venga de la Universidad de Chicago y presuma de argentino. No importa su instrucción, su nivel social o su género. Solo creemos que la Soberanía reside esencialmente en el Pueblo (1789).

Y que ganarse el voto del pueblo es lo más difícil, y lo que más nos gusta. A veces ganamos, otras veces perdemos. Siempre volvemos. Perón nos enseño que la democracia es el sistema donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere. Como decía Néstor, hay que estar siempre a la altura de las circunstancias. En eso estamos.